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Por Juan Diego Britos
Juan “El Cebolla” Sevilla se quedó con un vuelto y lo pagó caro. La policía lo encontró muerto en Castelar, junto a su lugarteniente Jorge Coquean. Ambos habían sido “ajusticiados” dentro de la camioneta Dodge Ram, color negra, propiedad de Sevilla y con un valor de 34 mil dólares.
“El Cebolla” vivía en Ciudad Evita y era pirata del asfalto, una raza con códigos que nunca deben romperse. Un policía que llegó a la escena del crimen le contó a El1 que Sevilla conservaba unas costosas cadenas de oro, dinero en efectivo y otros efectos personales. Un dato que ayuda a entender la psicología pirata.
El 26 de noviembre de 2009, en Villa Sarmiento, Morón, la policía detuvo un camión y halló 20.000 kilogramos de cobre robados en el acoplado del vehículo; y la fiscalía Nº 5 de Morón, a cargo de Marcelo Oviedo, ordenó una serie de allanamientos que dieron como resultado la aprehensión de otros cinco hombres.
Para la policía, el jefe de la banda era Humberto "el Negro Marcelo" Quispe, un vecino de Ramos Mejía que fue detenido en su coqueta casa de Pringles al 1.100, donde reposaba una Toyota Hilux de “El Negro”, valuada en 120 mil pesos.
A pocas cuadras de allí, en Chacabuco al 1.000, cayó su compañero de trabajo, Héctor “El tortuga” Rodríguez, a quien le secuestraron la camioneta Ford Ranger que habría sido utilizada para el robo del cargamento de cobre.
Según aquellos que los conocen, los piratas del asfalto son una raza particular de ladrones: se destacan por el buen vivir y porque no matan por matar. Para un policía con mucha experiencia en la materia, “son tipos educados, bien hablados y con muchos contactos”. Esta clase de delincuente mantiene un estilo de vida de un alto nivel económico y cuenta con representación legal inmediata a la hora de ser detenido.
Una raza diferente
Dentro de este género delictivo, existen categorías definidas según la complejidad de las operaciones. Están los grupos que roban sin planificación y los que operan haciendo, previamente, tareas de inteligencia. Estos son los más respetados.
La lógica pirata indica que, tras hacerse del transporte, siempre debe retenerse al conductor para ganar tiempo; luego, comienza la tercera etapa, que requiere mover la carga a un destino y llevar el chofer del camión hacia otro.
Según pudo saber El1, normalmente, la banda ya tiene un lugar para guardar la mercadería hasta revenderla, que se denomina “piso”. “Allí, almacenan el stock para que se 'enfríe' y, luego, el encargado de la venta es quien pone fin al negocio”, aportó un policía matancero.
Uno de los escollos que enfrentan los piratas es que los camiones tienen un dispositivo que emite una señal satelital que ubica la posición del vehículo.
A fin de burlar el rastreo, los piratas tienen un inhibidor de señal que opera a distancia al que pueden llevar en el camión o en autos de apoyo.
Los pasos del golpe
Según la policía, este tipo de organización se divide en células que operan en las diferentes etapas necesarias para dar el golpe.
La primera fase es la inteligencia del asalto, en que se estipulan las posibles rutas de escape, el recorrido del camión, distancia al “piso”. La segunda, a cargo de la mano armada, es la interceptación de la carga. Luego, interviene el responsable del “piso”, que es quien tiene los contactos para ubicar la mercadería y hacer la reventa. Pero no todo es color de rosa. A veces, las cosas no salen según lo imaginado y comienzan los problemas.
Lo más difícil para los investigadores es hallar “el piso”, el depósito donde los piratas almacenan la mercadería sustraída. Pero, para ello, la policía suele valerse de la figura de “El resentido”. “Siempre aparece alguien que no quedó conforme con el reparto de la ganancia y, en una noche de gira, habla demás ”, comentó a El1 un curtido agente de investigaciones.
El método del negocio funciona de la siguiente manera: antes de realizar el trabajo, se estipula el monto que va a recibir cada integrante de la banda.
Si la carga está valuada en un millón de dólares, la reventa es por el 50 por ciento. De ahí, se deducen los montos, y el responsable de esta etapa es quien encarga el trabajo. A veces, la mercadería no puede ser colocada rápidamente, o no hay tanta demanda como se suponía; entonces, el encargado del “piso” no puede colocar todo el botín. Ahí comienzan los problemas porque no se puede pagar lo acordado previamente, se producen resquemores en el seno de la organización y algunos de sus integrantes se sienten estafados. En ese momento, la historia toma otro color y algunos rompen el silencio, hablan demás. Así, se generan cuentas a saldar, deudas que, tarde o temprano, se pagan con la vida.
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